Y un día pensás que no podes más, sentís que te ahogás y que te vas a morir. Que es imposible que te entre más tristeza en ese cuerpo que no para de temblar y de dolerte. Y tomás todo lo que encontrás y te acostás deseando con toda tu alma dormirte rápido para no pensar más, para no sentir más, y con la esperanza de poder quedarte así.
Pero, para tu sorpresa, al otro día te despertás. Aturdidísima, y apenas sintiendo las piernas, pero te despertás. Corrés un poquito la persiana y ahí está sol, se escucha a la gente pasando, está todo igual. La vida de todos sigue igual. Y te quedas ahí sola pensando un rato, y ves que en algo todos los que te hablan tienen razón, "de tristeza nadie se muere". Era verdad. Pero te desilusiona un poco despertarte y que siga todo igual. Verte otra vez ahí sola, frustrada, sin nada que te motive a pararte y vivir el día. Muriéndote de ganas de que alguien venga y te diga "te juro que te entiendo, ya va a pasar", y te de uno de esos abrazos que hacen que el alma se cure un poco. Te quedas ahí sintiendo que tu vida se bloqueó y el botón de desbloqueo no quiere andar. Lo único que deseas es una tonelada de agua para que la panza te deje de reprochar.
Ojalá se pudiese apagar el cerebro y seguir durmiendo. Y seguir. Y seguir.
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